Diana
Historieta/ History ( creo que te la debía)

<!— /* Font Definitions */ @font-face {font-family:”Cambria Math”; panose-1:2 4 5 3 5 4 6 3 2 4; mso-font-charset:1; mso-generic-font-family:roman; mso-font-format:other; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:0 0 0 0 0 0;} @font-face {font-family:Calibri; panose-1:2 15 5 2 2 2 4 3 2 4; mso-font-charset:0; mso-generic-font-family:swiss; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:-1610611985 1073750139 0 0 159 0;} /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-unhide:no; mso-style-qformat:yes; mso-style-parent:”“; margin-top:0cm; margin-right:0cm; margin-bottom:10.0pt; margin-left:0cm; line-height:115%; mso-pagination:widow-orphan; font-size:11.0pt; font-family:”Calibri”,”sans-serif”; mso-ascii-font-family:Calibri; mso-ascii-theme-font:minor-latin; mso-fareast-font-family:Calibri; mso-fareast-theme-font:minor-latin; mso-hansi-font-family:Calibri; mso-hansi-theme-font:minor-latin; mso-bidi-font-family:”Times New Roman”; mso-bidi-theme-font:minor-bidi; mso-fareast-language:EN-US;} .MsoChpDefault {mso-style-type:export-only; mso-default-props:yes; mso-ascii-font-family:Calibri; mso-ascii-theme-font:minor-latin; mso-fareast-font-family:Calibri; mso-fareast-theme-font:minor-latin; mso-hansi-font-family:Calibri; mso-hansi-theme-font:minor-latin; mso-bidi-font-family:”Times New Roman”; mso-bidi-theme-font:minor-bidi; mso-fareast-language:EN-US;} .MsoPapDefault {mso-style-type:export-only; margin-bottom:10.0pt; line-height:115%;} @page WordSection1 {size:595.3pt 841.9pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:35.4pt; mso-footer-margin:35.4pt; mso-paper-source:0;} div.WordSection1 {page:WordSection1;} —>

Volvía a casa, deseando tumbarme en un desesperado intento de aliviar mi dolor de cabeza. Doy un trago de agua tibia, enciendo la televisión, pero la apago al ver la amargura en la que estaba interno el país. En ese momento en el que el sueño se estaba apoderando de mi, suena el timbre. Hago de tripas corazón y abro la puerta. Es mi vecina, un poco distraída, con sus propios pensamientos sumergidos en una locura que no llegaba a entender. Vive sola, tiene el pelo alborotado con un pasador color rojo, una camisa azul combinada con unos pantalones azul cielo, para mi gusto un tanto empalagoso, y zapatos rojos a juego con el pasador. Su madre murió hace dos años, una mujer encantadora que me traía el pan y me lo echaba en el buzón para cuando yo llegara, no mucho mas tarde. Subía a pagarle lo que la debía de dicha compra y bajaba a comer. Ya cuando el sol había traspasado su cumbre, me la encontraba en un banca puesto concienzudamente en frente del portal, para facilitar la vigilancia a cualquier loco que quiera cada vez más de alguna señora. Ella leía, leía muchísimo, cada día la veía con un libro nuevo. Era amiga de mi madre, siempre había sido muy soñadora y ellas se iban juntas a leer al parque. Cuando mi madre murió vino desde Irlanda a su funeral. Con la llegada de las nuevas tecnologías, mi madre la mandó un ordenador, para tenerla mas cerca de lo que en realidad un mar y un país las separaban. Con el se escribían, se hablaban y se veían de vez en cuando. Pero a ella nunca le gustó estar pegada a una pantalla, por ello, solo quedaban a una hora y, cuando terminaban sus relatos, ella volvía al asiento diario, en frente del portal. Me cuenta de manera acelerada su día y yo muerta de cansancio mental y físico, la invito a pasar. Después de unas irritantes dos horas, se va, con la escusa de que tengo que hacer la cena. En cuanto cierro la pesada puerta que me da un poco de intimidad, me tumbo en el sillón y el sueño se apodera de mi existencia.

Aquella mañana me despierto soñolienta, por mucho que duerma para mi nunca es suficiente. Me ducho. El agua fría me hace despertar. Hace mucho calor en la calle, pero aun así decido ponerme con los informes atrasados. Repaso trabajos, informes y de mas papeles, que a mucha gente le daría el pase a una nueva vida, o simplemente a algo que merece parte de su tiempo. Para mí solo son papeles. Decidí a duras penas entre mi conciencia y el calor sofocante que hacía en mi casa, irme a comer al parque con mis informes y mi libro.                                     La tarde tranquila debajo de un  roble, la sombra calmaba la sensación de pesadez de mi alma  gracias al sofocante calor en ese día de Julio. Llegué a casa, hay algo en el buzón la meto entre la carpeta de mala manera. Me tumbo en el sillón y leo:

“Hola cariño, te escribo porque no se nada de ti. ¿Qué tal tu vida? Espero que bien, no te mandado un e-mail porque se me ha roto el ordenador. Bueno, al tema. Necesito que vengas ahora mismo, ha surgido una tragedia, ven lo antes posible, te adjunto dinero para el vuelo. Cuídate y llama cuando llegues. Te quiero. Carlota.”

Para quien no lo sepa, Carlota, es mi madre.

Cojo el primer vuelo dirección a casa de mi madre. Llegué a las diez de la noche, demasiado tarde para irme a casa (esa expresión nunca fue mi preferida) duermo en el aeropuerto esa noche.  Por la mañana; cojo un taxi hasta lo que nunca fue mi casa. Cuando entro en aquella casita pequeña, todo está oscuro, las nubes cubren el cielo y todas las luces están apagadas. Mi madre sentada en un sillón, llorando. Me acerco, yo no soy la mejor persona para animar a nadie, pero esa vez, el mundo se me echó encima, pero yo no soy expresiva, solo soy hielo e infierno, juntos en una misma botella, que tiraron al mar hace ya tiempo.